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sábado, enero 22, 2022
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Navidad & liberación

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Rodrigo Barba

No sé en qué estaba pensando exactamente, tal vez solo buscaba una forma de liberarme de mi yo del pasado para que mi yo del presente se sintiera pleno para las fiestas, sin embargo, boté toda mi ropa y me quedé solo con lo que andaba puesto, que no era ropa de gala ni mucho menos, más bien parecía que andaba encima un poncho negro. Debía despojarme también de las cosas que no tenían cabida en mi casa ni un uso específico: adornos, percheros, pinturas, saleros descompuestos y cepillos de dientes que a saber quiénes habían usado.

La víspera de la víspera de navidad me sorprendió con más dudas que respuestas sobre el rumbo de mi vida. ¿No les ha pasado que de tanto preguntarse algo adivinan la respuesta, pero no se atreven a pronunciarla? Así estaba yo, además, con un nudo en la garganta, porque llevaba una semana enfermo de dengue y las personas se esmeraban en diagnosticarme otros virus más de moda y más letales, ¿me querían muerto o solo era una excusa para mantenerse lejos de mí? Quién sabe cuáles son las motivaciones que subyugan los miedos de los demás.

Apenas tenía energía para rascarme y tenía un sarpullido insoportable por el que casi me arranco la piel después de haberme sacado sangre con la obsesividad de mis uñas. Lo mejor era dormir hasta la cena familiar del día siguiente y así hice.

Y tuve un sueño.

Llegaba a casa de la chica que me vuelve loco sin haber sido invitado por su familia, no importaba, quería compartir su mismo espacio y besarla y abrazarla y tal vez fugarme con ella a la playa cuando terminara la celebración navideña. Sin embargo, nada de eso sucedió, como nunca había estado en su casa, no sabía dónde vivía y sentí una profunda decepción que mi imaginación no pudiera simplemente rellenar los vacíos. De pronto estaba en el desierto, desnudo, corriendo tan rápido como un dromedario porque un dragón de siete cabezas venía a mis espaldas lanzando fuego.

Desperté asustado y empapado en sudor casi a las cinco de la tarde. Aturdido y con una mentalidad negativa me resigné a lo que viniese. Y se vinieron como avalancha recuerdos de personas nefastas de mi pasado que debía desechar como la ropa y los cepillos de dientes.

A veces es difícil despojarse de lo que se atesora o te atenaza. Respiré hondo y lo hice, como quien se arranca una cana del pelo. Si el olvido era terapéutico y medicinal, pues estaba aplicándome la primera dosis. La navidad siempre invoca emociones ocultas durante todo el año. Olvidé ex novias, ex amigos, ex familia, ex co-workers, todo aquello que alguna vez había sido exclusivo o exquisito, ahora estaba exiliado y expurgado de mi alma.

De pronto me sentí ligero, sin ataduras y sin el más mínimo riesgo latente de perder la cordura. He tomado muchas malas decisiones en mi vida y he dado espacio a seres despreciables cuyos nombres y acciones estaba desterrando por fin. Pero nada sale tan bien como uno se lo espera. Me sentía tan ligero que empecé a levitar, poco parecía ser de ayuda para mantener mis pies en el suelo. Mi familia, para no arruinar la fiesta debido a eventos sobrenaturales, optó por amarrarme a la mesa del comedor mientras duraba la cena. No puedo decir que la pasé mal, todos nos reíamos de lo sucedido y el pavo estaba delicioso. Tenía el estómago lleno, ya no era necesario seguir amarrado, pesaba lo suficiente como para mantenerme en pie, bailar, cantar algunas canciones, dar el abrazo a la medianoche y ser medianamente feliz.

Una vez dieron las doce y mi familia habitaba la melcocha de las despedidas, opté por hacer lo mismo y empecé a flotar de nuevo. Ascendí hasta el cielo y veía cómo de mis bolsillos se caían vivencias, personas, manías, omisiones, secretos, lujurias, mentiras, traiciones. La liberación estaba funcionando. Opté por sentarme en una nube y apreciar desde ahí los fuegos artificiales y el tráfico frenético de una sociedad que jamás nos ha enseñado a perdonar.

Cerré los ojos y me volví aún más etéreo, tanto así, que me fundí con el viento y volé tan lejos como fue posible de mi pasado, de mi presente y de mi futuro. Así, ninguna preocupación se instalaría en mi pecho y podría por fin sonreír satisfecho por el simple hecho de estar vivo.

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