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miércoles, julio 15, 2020
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Mujeres en el rincón

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Jaime Barba
Visuales: Giselle Majano

Lo único que me quedaba por hacer
era volverme a mi escondite y, una vez allí,
entregarme a mi triste destino.

Edgar Allan PoeNarración de Arthur Gordon Pym

Acurrucadas y temblorosas, las tres mujeres, esperaban impacientes y aleladas que el mundo se destripara. Estaban en ese rincón de la casa, maltrecha ya por la destrucción reinante, como recurso último. Después de cinco noches de explosiones y de luces de bengala.

Ángela, la mayor de las tres, mantenía el aplomo exterior. Sabía que en cualquier momento. Pero no lo decía. Su decisión era firme: Aguantar hasta que todo pasara. Pensemos en cosas buenas, les había dicho a las otras. Pero las cabezas estaban revueltas y los corazones afligidos.

Passion, @gm_art55

Cualquier intento de salir de allí, por los propios medios, era una temeridad. Ángela creía que la única opción era esperar. ¿Cuánto tiempo? Lo que aguantemos, respondía.

Iris Amanda, tres años menor que Ángela, estaba derrotada. Desde que vio que el rincón constituía el último bastión, la negatividad se apoderó de ella. Soñaba despierta. Llegarían a traerlas y de los cabellos las arrastrarían hasta la calle, las acusarían de cosas horrendas y las decapitarían. Va a pasar, decía entre sollozos.

Ruth, la menor de las tres, sin embargo, no dejaba de cavilar acerca de un posible escape. Espectacular tenía que ser. Si nos quedamos de brazos cruzados será el fin, le había dicho en tono de reclamo a Ángela, que de hecho dirigía al pequeño grupo de mujeres acorraladas.

Las cinco noches anteriores, alrededor de las ocho de la noche iniciaban las explosiones por la zona norte. Distantes la primera noche. También la segunda. La tercera, algo había pasado, porque la distancia de las explosiones se acortó, no tanto como para pensar lo peor, pero se oían cerca. La cuarta noche los aviones complicaron la situación. No sabían si las explosiones eran respuesta al ataque aéreo o si desde el aire aniquilaban a los de tierra. Lo cierto es que todo se oía muy inmediato. Pero fue la quinta noche que, las tres mujeres acurrucadas en el rincón, intuyeron que el desenlace fatal asomaba su hocico. El olor a cosa quemada inundó la zona del rincón. No quisieron pensar nada. Acurrucadas en el abrazo, transcurrieron idiotizadas hasta que llegó el amanecer. Un día más para vivir.

Haunted, @gm_art55

Durante el día tampoco se movían del rincón. Salvo para hacer, en el cuarto vecino, sus evacuaciones. No había rumores en la calle. Sentían que estaban solas en el mundo y con todo en contra. Si en los alrededores los sobrevivientes se desplazaban, lo hacían con sumo sigilo, porque ellas no escuchaban nada. Era como vivir dentro de un cementerio.

La comida fue escaseándose a una velocidad pasmosa. El agua y la luz desde el primer momento fueron suspendidas. La fruta fue lo primero que engulleron. Los panes también se acabaron. Por desgracia, al rincón, solo alcanzaron a llevar tres enlatados de sardina. Al quinto día, constataron que disponían de agua para un día más. El sexto. Después, quién sabe qué podía pasar.

Ese sexto día la situación tenía que dar un vuelco dramático. O de lo contrario hasta ahí llegaba la cosa. La comida se agotaba y las energías menguaban. Ángela, sin convicción pero también sin abandonar la vana ilusión, aún creía que esperar era el único camino. Intentar el escape, como proponía Ruth, solo podía constituir un acto de locura. No sabemos si están a la vuelta de la esquina, contestaba Ángela intentando imponer la serenidad. Aunque el cálculo de Ruth no era tan descabellado. Después de cinco noches de explosiones, lo más seguro era que quienes dirigían los combates pensaran que el área ya estaba por completo saturada. Sin nadie vivo. La sexta noche, por lo tanto, sería de calma. Lo que necesitamos para huir, afirmaba Ruth casi eufórica.

Deep down, @gm_art55

Llegó la sexta noche. Los últimos tres tragos de agua aguardaban en la botella plástica, como la reserva estratégica. A las siete y cuarenta y cinco terminaron de comer la ración de galleta que a última hora Ruth localizó en la bolsa de provisiones. A las ocho esperaban de nuevo que se repitiera el ciclo. Pero dieron las nueve de la noche y no se escuchaba nada. Sirenas muy a lo lejos insinuaban que el cálculo de Ruth tenía sentido. A las diez las bengalas iluminaron toda la zona. Siempre sucedía así. Luces. Minutos después las explosiones. Media hora pasó y todo en calma. Las sirenas apenas si podían escucharse. A las once más bengalas, que pareció que el día se acercaba. Ilusión de incautos. De nuevo la oscuridad.

Iris Amanda, entonces, saltó del agobio en que estaba sumida para instalarse en la lucidez loca. Arengó con fuerza a las otras mujeres. Era la oportunidad de escapar. Se han ido, dijo en estado total de confusión. Les pedía que lo intentaran ahora. La noche sin ruidos era la mejor aliada. Ángela la abofeteó para que saliera de aquella alucinación. Iris Amanda entonces reaccionó. Se hundió en un sollozo quieto y angustiado, que solo el abrazo de sus amigas pudo aplacar.

Ángela, intentando mantener la calma, comenzó a cantar en voz baja cualquier cosa. Después silbó porque la voz se le quebraba. Un silbido agudo que penetraba la noche. Pasaba de una melodía a otra. El desgobierno cerebral. ¿Vendrían por ellas? Tal vez era mejor que todo acabara, pensaba Ángela, tratando de establecer el vínculo con la resignación. Y ese abrazo en el temblor lo propiciaba.

Pinning, @gm_art55

Ruth, que no abandonaba su análisis, les susurró algo que cambió el cuadro deprimente. Iris Amanda volvió a soñar despierta. Se asomarían a la calle, constatarían que no había nadie y saldrían despavoridas. Correrían hasta alcanzar el objetivo. ¿Cuándo sabremos si hemos llegado?, alcanzó a decir, antes de romper a llorar. Ángela la abrazó con fuerza y siguió cantando cualquier cosa. Melodías del sollozo.

La noche avanzaba. Serían las doce de la noche y una nueva serie de luces de bengala rompió la magia perversa que envolvía aquella situación límite. Ya ni las sirenas se escuchaban.

Entonces, se abandonaron. Esperarían. ¿Qué? Esperarían. Que el tiempo se encargara de ellas. Ni más bengalas ni nada las inmutaría. Estaban navegando en la derrota. Por eso no pudieron percibir la proximidad de aquellos sonidos rítmicos de botas trotando. Agitados acercamientos hacia propósitos invisibles, que segundo a segundo hacían más angosto el tiempo. Y ya no lograron discernir el tropel de hombres ansiosos que llegaron hasta el rincón.

¡Estaban muertas de miedo!

Beating heart, @gm_art55

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