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domingo, octubre 2, 2022
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La encuesta de la felicidad

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Manuel Barba Salinas

Don Gabino Mata tuvo un día la ocurrencia de decir que era feliz. Esta declaración ingenua y amable de aquel buen ranchero despertó una verdadera tempestad, de comentarios, de declaraciones, de afirmaciones. Todo mundo se puso a contar a los cuatro vientos su felicidad o su desdicha. Uno era feliz porque tenía hijos, el otro porque no los tenía. Tal cual cifraba su desdicha en su trabajo y aquel otro hacía consistir su desventura en lo mismo.

Fue una feria de ingenuidades esa rara encuesta que, sin proponérselo, ha puesto a don Gabino en el tapete de la actualidad, más que por sus excelentes ganados, por sus ribetes de pequeño filósofo del campo.

Y es el caso que no creo ni a don Gabino ni a los demás. NI a los que proclaman su ventura ni aquellos que pavonean orgullosos su desgracia. Alguien ha dicho que nunca somos ni tan felices como pretendemos hacer creer, ni tan desdichados como decimos.

Y esa es la verdad. Hay un fondo de vanidad en proclamar nuestros dolores como en declarar nuestra dicha.

Y ni una ni otra cosa importan a los demás y tampoco tienen trascendencia en la marcha del mundo o en el sentido del cosmos.

Ser feliz o ser desgraciado son cosas estrictamente personales y no viene al caso instalarse en las columnas de un periódico para comunicarlo a los lectores.

Acaso don Gabino, cuando declaró rotundamente que era feliz, lo hacía de buena fe pero el hecho no tiene importancia en absoluto. Para mí, en cambio, tiene importancia la obra de don Gabino, sus magníficos ganados, sus trabajos de irrigación, su amable persona cordial. Por lo demás, no importa la ventura o la desgracia. Solo interesan las obras. En este caso, la buena leche tibia que las vacas de don Gabino producen. El hecho de que él se sienta feliz al ordeñarlas es indiferente y extraño al consumidor que saborea la leche.

En buena hora ser feliz. Que lo sea todo aquel que pueda o que quiera, pero que no lo ande contando ingenuamente a quienes no importa.

Por otra parte, ser feliz o no serlo no son signos de superioridad. Hay sabios verdaderamente felices y también hay analfabetas muy dichosos, de envidiable dicha. Del mismo modo hay genios desventurados y gente cretina e insignificante muy desgraciada. Es, pues, una cuestión muy personal eso de la dicha o la desventura y resulta casi un impudor ponerse a gritarlas en público. Y en todo caso el asunto es infantil, pues cada uno debe buscar su felicidad o su placer según corresponda a su vocación y a su temperamento. Yo envidio la felicidad de don Gabino pero estoy seguro que no la soportaría un solo día, porque no me atrae la dulce vida de las granjas.

¿Felicidad? ¿Desventura? ¿A quién le importa eso? Lo único esencial es no hacer más triste ni más injusta la vida de nuestros semejantes. ■

El Diario de Hoy, 17 marzo, San Salvador, 1938.

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