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sábado, enero 22, 2022
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Hatsuyume

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Rodrigo Barba

Había dejado de lado el poder de los rituales quizá porque estaba cansado de ritualizar mi vida.

Fluir era más fácil.

No repetir ni un solo día en el ciclo infinito de repeticiones es un reto inmenso, pero asequible. O quién sabe si existen paisajes del paso del tiempo en poemas rotos de ambrosía, ¿alguien sabe de lo que estoy hablando?, ¿estoy solo en esta habitación o estoy comunicándome con millones de personas a través de las letras?

El lenguaje se abre como si el conocimiento estuviese trabado en la lengua de Wittgenstein o de cualquier otro filósofo valiente que escribe intimidades en su diario, latigazos, ojos fulminantes, flores desquiciadas, gatos negros por doquier rodeando tu vivienda mientras el cielo se abre, se parte en dos, las nubes de un sector se vuelven más oscuras y las otras empiezan a evaporarse y a desaparecer, el Sol y el amor se conjugan para dejarnos ciegos viendo luminosidades imponentes.

Tengo que salir de aquí, pienso, pero comprendo que no hay un aquí definido.

Lo blanco es iluminación, olvido, intemporalidad. Entonces, sucesos oscuros se construyen en un castillo como un déjà vu sacudiendo tu cuerpo. Mareo. Hilera de imágenes atroces y ocres remembranzas, nostalgia y melancolía. Vidas contrapuestas a lo ancho de los meses. Constantes tempestades en desiertos de emociones…

Andō Tokutarō
Andō Tokutarō

Stop!, please.

El mundo eclosiona en una ecuación. Círculos apocalípticos se congregan en tus peores temores, tornados de sufrimiento, angustia y dolor punzante.

No more, I’m beggin you!

La geometría de tus sueños cociéndose a fuego lento para ser devorada por un ejército de momias hambrientas que nunca le han tenido miedo al fracaso.

It’s enough!

¡¿Quién está hablando en inglés?! ¿Soy yo mismo? ¿Soy yo el creador de esta realidad?

Parpadeo múltiples veces para ver si cambia mi situación y de pronto me siento cibernético, capaz de comunicarme con cualquier máquina, aunque no hay máquinas a mi alrededor, no hay nada y a la vez puede haber todo si lo invoco con palabras: sequías, pestes, deslaves, terremotos, tifones, tsunamis torpedeando poblados demográficamente inflados de locura y cinismo.

Andō Tokutarō
Andō Tokutarō

Parpadeo de nuevo porque siempre se vuelve oscuro y pesadillesco lo que proyecto y quisiera desvanecerme de todas las realidades posibles, volverme ingrávido, sacudir las guaridas del silencio y desenterrar secretos como tesoros en islas perdidas en el Triángulo de las Bermudas.

Andō Tokutarō
Andō Tokutarō

Shut up!, manifiesta un ratoncito que de pronto está a la par mía. Se sube a la altura de mi hombro y empieza a susurrarme lo que ha pasado: mi trayectoria del mundo consciente al mundo onírico. No termino de entender bien, así es que se para sobre las patas traseras y de sus patas delanteras lanza un rayo azul que avanza como serpiente neón hasta el interior de mi cráneo.

Andō Tokutarō
Andō Tokutarō

Es un recuerdo nítido.

Estoy en el dojo entrenando con otro guerrero días antes de año nuevo y sensei nos explica que si nos enfocamos en invocar a los dioses de la fortuna, podemos orientar mejor nuestra vida en el hatsuyume, que es el primer sueño del año, sensei nos plantea que el control del inconsciente es el poder más avanzado de cualquier ninja y que el reto que tenemos cuando estemos al interior del sueño es encontrar el Takarabune, un barco que navega por los cielos y que carga a los dioses de la fortuna, al Sichifukujin, que debe transformarse en Hachifukujin para despertar con la suerte de nuestro lado.

Andō Tokutarō
Andō Tokutarō

Acaba la visión y le suplico al ratoncito con un gesto de mis manos que me muestre más. Tras hacer una cara de molestia, se para de nuevo en las patas traseras para lanzarme su rayo neón en las sienes.

En este recuerdo, pocas horas antes de año nuevo, estoy siendo bombardeado con siete malas noticias: a mi padre lo andan acechando unos matones, varias amistades parten rumbo a países lejanos, una chica hermosa que conocí semanas atrás tuvo un choque automovilístico donde se quebró la nariz y la dentadura, mi mejor amigo tuvo un accidente mientras circulaba en su moto y se fracturó el pie, mi madre no deja de toser como si tuviese una infección grave, mis aliados políticos han desaparecido porque tiemblan de miedo ante el presente que se abre, mi hermana menor está por cumplir años y no hay modo de contactarla, como si la hubiesen secuestrado.

Todo suena atroz, así es que decido acostarme temprano y poner debajo de mi almohada, para atraer buena suerte, un dibujo del Takarabune hecho por el pintor que se hizo nombrar Utagawa Hiroshigue, cuando en realidad se llamaba Andō Tokutarō, y en la primera mitad del siglo XIX creó más de cinco mil cuatrocientos grabados. En todo caso, acomodo mi cuerpo en la cama. Cierro los ojos.

Andō Tokutarō
Andō Tokutarō, Takarabune

Y cuando los abro, el ratoncito se encuentra exhausto, sentado en mi hombro y respirando acompasadamente. Lo tomo con cuidado del lomo para colocarlo en el suelo y convertirme en el dueño de lo onírico, encontrar el Takarabune y volver con la fortuna de mi lado al mundo consciente.

     Con la potencia creativa de mis ojos imagino una realidad alterna a la cruel oscuridad y a la luz embriagante que imperan en el hatsuyume e impongo una realidad ciberpolítica, donde múltiples criaturas se devanan la vida como piratas y el uso de la tecnología es crucial para poder sobreponerte a los problemas.

Andō Tokutarō
Andō Tokutarō

Como soy el dueño de mi sueño, tengo toda la tecnología que quiero y entonces me convierto en capitán de un barco que además de ser capaz de sumergirse en el agua, vuela por los cielos e incluso navega más allá de la estratósfera, en el vacío, pero no es necesario llegar hasta ahí, porque entre unas nubes verdosas encuentro el escondite del Takarabune, con los siete dioses que, al verme, exhalan de su boca siete demonios transdimensionales que se lanzan a mi barco, donde me encuentran con dos ninjatos en las manos y mi espíritu templado para el combate.

Andō Tokutarō
Andō Tokutarō, Sichifukujin

Los encaro con movimientos circulares y suaves, danzo en la cubierta y respiro el hálito vital de mis oponentes.

Luego leves movimientos de mis dedos los derriban con el ardor que causa el filo de mis armas en sus puntos débiles y, con una concentración descomunal, hago levitar a los demonios de vuelta a las bocas de sus dioses.

Acerco mi embarcación y me traslado de un salto a su navío, donde me recibe con honores el Sichifukujin que se convierte en Hachifukujin conmigo a bordo. Traspasamos los umbrales del mundo y por fin logro despertar en mi cama, abrazando la pintura de Andō Tokutarō, sintiéndome la persona más afortunada del planeta.

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