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sábado, octubre 1, 2022
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Familia de artistas

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Rodrigo Barba

No hay escapatoria de la vida. Los hechos se descarnan ante los ojos de una familia de artistas.

     Vivieron juntos un tiempo y ahora están separados. Cada quien por su lado buscando la verdad, la justicia, la belleza y el amor. A su manera, con sus errores concretos y sus miedos abigarrados en la panza.

     Sigamos a cada uno como si fuésemos un pájaro que los filma hasta su encuentro.

     Vuela una paloma aliblanca sobre los railes imaginarios del cielo y divisa a un escritor enfermo, se le nota en el andar desgarbado y en su mirada perdida en mundos desconocidos que lo atormentan. Es capaz de ver el futuro en el presente, de manera vívida y atroz, tiene miedo, pero aun así, con el rastrojo de su cuerpo, se siente apto para enfrentarlo con coraje. Avanza hacia el colegio donde se graduó una década atrás. Está decidido a encontrarse con su hermana y su hermano, ambos artistas en ciernes, con sueños inmensos que él se asegurará de que cumplan, aunque las sombras del tiempo aúllen su flagelo, el escritor enfermo de futuro pondrá su rostro al frente del peligro y se deslizará por los horrores de la época si con eso puede salvarlos. Respira hondo a la entrada del colegio, los recuerdos y la nostalgia lo invaden por breves segundos. Ingresa con su mirada de fruta silvestre recibiendo lluvia ácida y los busca sin fortuna.

     Porque hay otras aves en el cielo viendo otras cosas. Como una torogoz que observa a una chica nadar a una gran velocidad en la piscina del colegio. Está entrenando. Le gusta competir y ganar y por un año se dedicó a olvidar de lo que era capaz, necesita recuperar sus fuerzas, su energía primigenia, su sonrisa, su confianza y la potencia de su amor y de su inteligencia. Su respiración es agitada y se sujeta de la orilla, mientras mira al ave y quisiera pintarla volando. «100 metros más», expresa en voz alta y continúa nadando ante los ojos de la torogoz que no se desprende del tejado de un kiosco donde recibe el Sol.

     Al igual que lo hace un águila que ha decidido descender a la ciudad y espiar los pasos de un escritor prohibido, clandestino y maldito. Es el padre de la familia de artistas, él les inculcó la búsqueda de la verdad y de la justicia, por eso es que guarda muchos rencores con personas que le han fallado. El perdón se le da difícil cuando ha entregado su corazón y en eso piensa cuando ingresa por los portones del colegio y ve a su hijo mayor, el escritor enfermo de futuro, y se preocupa por su condición física y sus ojeras, es como si lo hubiesen arrollado diez mil apocalipsis. Lo saluda con una palmada en la espalda y su hijote lo abraza con lágrimas en los ojos. Se extrañan.

      Como extrañado está un tucán al ver a un joven escritor en el techo del edificio de cuatro pisos del colegio caminando hacia él, es más, hablándole al tucán. «No te voy a hacer daño, solo quiero verte de cerca», dice con su voz grave y un cuaderno y un lapicero en sus manos. No se percata que abajo, su hermana ya dejó de entrenar y se suma al abrazo que tienen su hermanote y su papi. El tucán pega un brinco y en la trayectoria de su vuelo, que el muchachito sigue con atención, logra distinguir el abrazo familiar y no contiene sus ganas de sumarse, corre a una velocidad felina hacia ellos.

     Y ahí, abrazados, mientras los demás observan sin entender cómo una familia puede quererse tanto, el escritor enfermo de futuro les confiesa que ha visto el futuro cercano y que no es bueno, ni para ellos ni para la humanidad y que deben hacer algo.

     El escritor prohibido se seca las lágrimas que han brotado de sus cuencas oculares y guía a sus criaturas afuera del colegio rumbo a un restaurante donde hay comida mediterránea.

     Se trasladan en un santiamén, ordenan y esperan en silencio hasta que llevan la comida. Los cuatro devoran los alimentos como si en ese acto devoraran el mundo. Ya sea por hambre, ansiedad o megalomanía, compiten para comprobar quién termina primero. Es ella, la pintora, quien termina primero, su cuerpo le exige energía, ha desgastado sus reservas en el entrenamiento. «Tengo algo que decir», expresa, pero no dice nada. Solo se transforma en leona. El escritor enfermo de futuro se sorprende, pregunta a los otros dos si ya sabían que ella podía hacer eso y entonces su hermano, el joven escritor, se transforma en un jaguar.

     La gente del restaurante se sorprende, pero no por ellos.

     Han ingresado unos asaltantes, tapados con gorros navarone, parecen policías o militares, difícil precisar, podría ser un disfraz o la realidad de los hechos descarnándose ante los ojos de la familia de artistas. Los dos felinos buscan la forma de subirse al techo y el escritor prohibido, con una mirada, conmina a su hijote para intervenir.

     La escena se ha complicado, debido a que la mujer que está en la caja registradora se niega a darles el dinero, usa argumentos ambiguos con respecto al tiempo, la vida y el futuro. Lo que el escritor enfermo usa como excusa para ingresar a la escena y empezar a dialogar con los asaltantes. «He visto el futuro y no es bueno para nadie, este acto infame no va a llevarlos a nada, igual nos van a someter, esclavizar y torturar para que otros se vayan a conquistar el sistema solar, una parte de la humanidad se convertirá en cyborgs y la otra será sacrificada en acciones oscuras, no lo hagan, no roben, este instante no vale nada».

     Pero el escritor enfermo se equivoca, ese instante lo vale todo, porque el asaltante que parece liderar el operativo se quita el gorro navarone y muestra su cara de reptil, saca la lengua y se lame los labios mientras extrae un cuchillo que ubica en el cuello del escritor. «Y si no nos detenemos, ¿qué?», dice con cara de asesino.

     La respuesta no se hace esperar, porque el rugido de un jaguar y de una leona entran en juego y el escritor prohibido se acerca lanzando un puñetazo al asaltante líder y los felinos sacan sus garras y colmillos y atacan al resto. El escritor enfermo respira hondo y sale del restaurante, seguido de su familia. Las personas aplauden, sin saber quién les ha inoculado esa costumbre macabra de aplaudir en lugar de agradecer, como si la existencia solo fuera un show que presencian sin intervenir en los sucesos.

     La familia de artistas avanza rumbo a un parque, los felinos recobran su forma humana y el escritor prohibido le pregunta a su hijote sobre lo que dijo a los asaltantes. «¿Cuánto tiempo nos queda antes de que nos conviertan en cyborgs o en esclavos?», indaga. El escritor enfermo de futuro suspira y responde: «Ya está sucediendo».

     La pintora leona lanza una carcajada que el escritor jaguar replica y contagian a los otros dos.

    «Todo va a estar bien», suelta el escritor prohibido, «somos los guerreros de esta época trágica y vamos a dejar nuestra huella».

     La familia de artistas se funde en un abrazo poderoso y los transeúntes, los vagos y los deportistas del parque lo único que pueden ver en ellos es el magma de un volcán que aún no ha explotado.

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