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miércoles, julio 15, 2020
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Diente por diente

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Melitón Barba
Visuales: Alex Cuchilla

El Gordo se quitó la dentadura y la metió en el vaso con agua a medio llenar.

Su mujer se le quedó viendo con asco y por enésima vez dijo:

—No sea puerco, no ve que los vasos de vidrio son para tomar agua, para eso le compré el de plástico.

El Gordo se hizo el desentendido. Sorbió un poco de ron que estaba en un recipiente de loza, desdobló el diario y comenzó a leerlo.

—Cada vez se vuelve más sucio —insistió la mujer—, ya ni siquiera se baña.

El Gordo volvió a verla de manera fulminante y regresó a la lectura.

La mujer, joven aún, desgreñada, con cara de amargura, se dirigió a la otra mitad de la habitación donde estaba la pequeña abacería. Un biombo sucio y abandonado dividía el dormitorio del comercio.

El hombre aprovechó la ausencia de la mujer para meterse el perraje entre el dedo gordo y el segundo del pie derecho, y comenzó a rascarse con fuerza sin apartar la vista del periódico. Un ajuate seco y brillante se desprendió de los dedos. Hizo la misma operación en el pie izquierdo mientras se tomaba otro trago de aguardiente.

—Hongos hijos de puta —murmuró.

Había sido policía y se llamaba Humberto. Lo suspendieron del cuerpo por despiadado. Era inhumano, y sus compañeros, que no eran un dechado de virtudes, creían que había perdido el juicio.

El Gordo, por su propia cuenta, sacaba a los rateros de sus celdas, y en la oscuridad de la noche los tiraba desde la azotea del cuartel para que se estrellaran en el patio. Esas pérdidas humanas no aparecían reportadas; los iban a botar en los barrancos o los enterraban sin identificación. Se rumoreaba que algunos políticos corrieron igual suerte. Otros morían cuando en el cuarto de interrogaciones los ahorcaba con sus propias manos o los ahogaba en la pila electrificada.

Se había pasado de la raya. Sus jefes inmediatos le temían y hasta el siquiatra del cuerpo de seguridad, que había visto de todo en su larga experiencia policial, sugirió la baja. Quedaría en reserva para cuando lo necesitaran en algún trabajito especial.

Pero el Gordo, cuando aún se llamaba Humberto, no era ese animal que después fue. Era un muchachón grandote, sin oficio conocido pero sin vicios que marcar. Mostraba siempre una abierta sonrisa, que a veces exageraba, para exhibir la blancura de los dientes que eran su orgullo. Era servicial y enamorado, hasta que perdió su tesoro: los dientes de color marfil y su bondadosa sonrisa. Fue en una riña callejera cuando con sus compañeros de barrio andaba cipoteando por Santa Anita. Se hizo la trifulca, de esas sin importancia, cosas de jóvenes, y el Gordo tuvo tan mala suerte que le echaron zancadilla y fue a estrellar su cara contra la cuneta. Con el golpe la boca se le hinchó como picada por mil abejas y seis dientes de arriba y cuatro de abajo se desprendieron y se rompieron con el impacto. Pasó cerca de tres semanas inflamado, sin salir a la calle y viéndose, obstinado, en el espejo, semejante boquerón. De ahí en adelante su carácter jovial y su hermosa risica desaparecieron para siempre. Se tornó brusco, huidizo y comenzó a beber aguardiente, solitario, como paria.

Peces de ciudad 5, @alexcuchillarte

Buscó algunas clínicas dentales, pero los precios eran exagerados para los escasos centavos que se agenciaba de vez en cuando. En los consultorios del Estado sólo hacían extracciones, no colocaban prótesis, y él, para extracciones, tenía bastante.

A medida que el tiempo transcurría el Gordo se hundía más en el aislamiento, y el rencor que guardaba se fue convirtiendo en odio.

—Hijo de puta —decía—, lo voy matar.

Comenzó a frecuentar el barrio de su desgracia, buscando, para agredir con cuchillo, al autor de su infortunio. Cuando tomaba tragos, iba, noche a noche, a buscar reyerta, pero el otro la huelía y escapaba.

Entonces tuvo una brillante idea: ingresar a un cuerpo de seguridad, creyendo alcanzar con ella la impunidad necesaria para acabar con el maldito que le robó la sonrisa. Apenas le pusieron el uniforme hizo la primera aparición en Santa Anita. Fue su gran error, porque el de la zancadilla huyo espantado. Se fue para Alaska jurando no regresar jamás, pero ni en otra vida. El Gordo Bocasola se dio cuenta y la mente se le dislocó del todo. Tenía obsesión por matar. Comprendió que en las ergástulas había material suficiente para el desquite. Consideró que era necesario extirpar las lacras sociales y fue elaborando su lista de exterminio: ladrones, sí: putas, no; subversivos, sí; bolos consuetudinarios, sí; sindicalistas, sí; pordioseros, sí; comunistas, sí.

Peces de ciudad 8, @alexcuchillarte

Cuando se ponía peor (o mejor) por su agresividad, eran las veces que combinaba el trago con la mariguana. Entonces, la noche que no le tocaba guardia salía a buscar por los portales del centro o los recodos de los zaguanes, donde dormían mendigos y borrachos perdidos, al cliente de la noche. Se acercaba sigiloso, tomaba el endeble cuello y apretaba, apretaba, apretaba, hasta que tronaban los huesitos, cesaban los esfuerzos por respirar y las convulsiones de la muerte desaparecían. Se iba contento porque, además, cada vez que apretaba una garganta creía ver en el muerto el rostro sonriente de Sigifredo Benoechea, el de la zancadilla, que en esos momentos se ganaba la vida en las estepas heladas del Polo Norte, bajo el nombre cambiado de Ernenek y riendo con las hembras esquimales.

El Gordo Bocasola, con sus dientes postizos, no se veía mal. Los seis de arriba estaban montados en un puente removible y en uno de los frontales estaba engarzada una coronita de oro. Los cuatro de abajo se sostenían en un puente fijo sin incrustaciones de metal. Cuando el doctor se los colocó le pidió que se viera en el espejo. El Gordo peló los dientes hasta las encías, pero en el espejo lo que vio fue la cara del hombre que le robó la sonrisa. Quiso reír y los músculos de la cara mostraron una mueca de odio.

Sus superiores lo observaban y, cuando los muertos eran ladrones reincidentes, viejos calafates condenados a los famosos 30-30, se los perdonaban, pero fueron buscando la forma de desprenderse de él y dejarlo como reserva. Tuvo que abandonar el cuerpo, pero eso aumentó sus ganas de matar.

Su mujer sospechó de su conducta y después llegó a comprobarlo. Cuando estaba borracho lo hacía hablar y, a medida que él contaba, ella temblaba de miedo al comprender que vivía con un loco. Decidió abandonarlo, antes de convertirse en una víctima más, y le dejó una nota.

Me voy, no trate de buscarme, si sé que me anda persiguiendo, voy a contar quién es usted y lo que hace.

Ese mismo día, el Gordo agarró la parranda. En medio de la borrachera, rumiando su crueldad en la soledad del cuarto, se quitaba las prótesis dentales y se miraba en el espejo. Al aparecer los vacíos en la tenebrosa caverna, lloraba como huérfano y entonces tomaba fuerza de aquel odio cerril que parecía venir de lo profundo del túnel que se perdía en la garganta. Surgía en el espejo la cara de Sigifredo Benoechea, y Bocasola, desquiciado, lo hacía volar en mil pedazos, solo para ver en cada uno de los mil fragmentos diseminados por el piso las mil caras sonrientes del hombre que tanto odiaba.

El cuartito sucio y descuidado se fue llenando de pequeñas esquinas de vidrios rotos y el rostro del esquimal aparecía en cada uno de ello.

Bocasola se veía mal. Estaba demacrado, y su rostro, cubierto de espesa barba, daba la apariencia de criminal condenado a la cámara de gas. Afuera, los vendedores ambulantes de espejos lo esperaban para hacer negocios.

Mientras, en el país de las sombras largas, Ernenek cazaba caribúes.

Cierta mañana, Bocasola vagaba por una de las muchas colonias de la capital cuando escuchó música de órgano. Se asomó a la ventana que daba al andén delantero de la iglesia y vio un nutrido grupo de niños que cantaban. Era el Coro de los Niños de Pentecostés que ensayaban para debutar en la conmemoración del día en que Dios entregó a Moisés, en el Sinaí, las Tablas de la Ley.

Ser urbano (políptico), @alexcuchillarte

Bocasola escuchó las cincuenta voces sincronizadas y en su cerebro maltratado sintió como si fueran un millón de grillos que le estuvieran taladrando la masa encefálica. Recordó sus lecciones sobre curas y teología de la liberación y vio horrorizado, en cada una de las carias infantiles, un enemigo en ciernes que iba tomando la cara de Sigifredo Benoechea. Corrió desesperado, mientras los millones de grillos seguían rompiéndole los tímpanos con su agudo sonido. Al llegar a su cuarto abrió el pequeño cajón y tomó el artefacto.

Agitado, se asomó al balcón de la iglesia. Los niños seguían cantando. Haló de la argolla y la lanzó con ímpetu. Estalló. Siete niños murieron en el atentado y otros tantos quedaron heridos y mutilados.

Los medios dieron la información y el crimen fue atribuido a los que combatían al gobierno con las armas.

Pero hubo investigación. Una importante niña, hija de un funcionario aún más importante, ciudadano de un imponente país, había muerto.     

El cadáver de Bocasola apareció con la cara aplastada en el patio del cuerpo de seguridad. Nunca se supo si se tiró o lo tiraron.

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